Hospital Sor María Ludovica

Buenos Aires, Argentina – 2024

Suelen decir que todos los caminos conducen a Roma, y en mi vida así ha sido. Mi punto de partida fue Bea, la guía que me ayudó a adentrarme en el canal espiritual en el que hoy me encuentro sumergida. Con ella inicié un viaje de reflexión, sanación y encuentro con Dios a través del perdón y el entendimiento. Solíamos reunirnos a orar en el Hospital San Juan de Dios, hasta que un día me invitó a asumir un hermoso desafío: sumarme al Hospital de Niños Sor María Ludovica.

Mi labor en el hospital consistió en ordenar y agilizar la coordinación entre el ingreso de las donaciones y sus entregas. Allí descubrí el trabajo incansable de las hermanas; jamás imaginé una entrega de tal magnitud. Cada una de ellas ofrece su vida con un amor infinito para transformar el día a día de esos niños.
Pronto comprendí que mi estancia en esos pasillos tenía un propósito más profundo. En mi propia búsqueda de la maternidad, marcada por pérdidas y desencuentros, mi alma se sentía vacía. ¿Y quién mejor que los niños para enseñarnos a sanar? Ellos son los únicos que no se victimizan. Esta prueba fue el inicio de mi reseteo emocional, el despertar a la certeza de que no hay nada más doloroso que añorar lo que nunca sucedió. Comprendí que el presente, el aquí y el ahora, late con realidades que necesitan de nuestra entrega absoluta: una sonrisa, un abrazo, un cuento, una oportunidad.

En esos pasillos conocí la verdadera esencia de Ludovica, una presencia viva que habita en cada rincón, en cada historia y en cada acto de amor. Allí también encontré a Corina, un ser de luz extraordinario que llevo guardado en mi corazón.

Unos años después, recibí un llamado inesperado. Al otro lado de la línea estaba Nilda, la Hermana Superiora del hospital, con una propuesta hermosa: embellecer el ingreso de la institución. Por esa puerta ingresan a diario padres, abuelos, niños… familias enteras en busca de refugio. Comprendí de inmediato que el espacio debía expresar la verdadera advocación y esencia de Ludovica.
Como no podía ser de otra manera, y guiada una vez más de su mano, entendí que la vida es un constante y hermoso renacer. Y que, definitivamente, si la llenamos de flores, puede ser aún más bella. Porque sembrar esperanza en el camino es el primer paso para manifestar la belleza que deseamos ver.